jueves, 9 de octubre de 2008

Acerca de la falta de Dios (o el exceso de economistas y colocolinos)

¿En qué se parece un colocolino a un economista? En lo agradable que resulta verlos perder. Esta frase, que suena más a un chiste fallido que a la realidad, es hoy una certeza, dentro de lo poco que se puede ver con humor respecto a la actual crisis financiera. Si uno no escribe en lenguaje de paper, es un poco absurdo hablar de economía. Pero como el mundo está vuelto patas para arriba y las bolsas mundiales andan como mujer despechada en día 14 (o un hombre con una piscola de más) uno puede permitirse hablar de economía sin aproblemarse demasiado.
Por ejemplo, veamos la crisis del 82’, citada como un rescate ejemplar de un sistema bancario casi quebrado, puesto como ejemplo. Es cierto que se salvó, pero el costo pagado fue de aquellos (pagado por el Estado, cosa que los neoliberales nunca les gusta reconocer) Hojeando un “Entre el neoliberalismo y el crecimiento con equidad”, en su edición del 2001, un libro de Ricardo Ffrench-Davies (un chicago boy, pero de los sensatos), el resultado de la crisis bancaria del 82’ es horrible: por ejemplo, el PIB chileno de 1981 cayó de tal manera que recién en 1989 el PIB fue mayor al de 1981 (p.208). En 1982, la deuda externa de Chile llegó a cuatro veces sus exportaciones y representó el 71% del PIB (p.212). O leer el capítulo sobre Corea en “Malestar en la Globalización” de Stiglitz, sobre el beneficio de no hacerle caso cien por ciento al venerado mercado (sin que te tachen de bolchevique en el intento)
Si bien, todo parece indicar que en Chile no estamos en el ojo del huracán, eso puede estar tan cerca de ser cierto como demostrar científicamente la existencia de Dios. La única diferencia es que sólo queda la fe, pero en vez de Dios al cual aferrarse, sólo quedan los economistas y sus pronósticos, hoy más cercanos al horóscopo de tabloide que a la ciencia (en todo caso, no sé que más miedo me da).
Por eso, mejor no hablar de economía, pero sí de los economistas. ¿Qué es un economista? Es una carrera, licenciatura, maestría y doctorado (PhD para los siúticos) por la que, de no mediar una fobia por las matemáticas, habría sido bastante feliz de estudiar. El único problema, es que para ello, o se es brillante o se debe hacer la lenta carrera de la academia (mientras tus compañeros disfrutan de una carrera aún cotizada en esta selva llamada mercado). De haber superado la fobia por la herencia de Pitágoras, probablemente habría estado en el segundo grupo, por huevón más que otra cosa. Entonces, un economista es algo así como un tipo que estudia economía y que, en los últimos años, ocupa mucho fórmulas, ecuaciones y demases para dar explicaciones de los asuntos económicos. Es una rara mezcla: tienen la patudez de los médicos –aunque a diferencia de los galenos, tienen la deferencia se hacerse llamar doctores después de obtener el doctorado-, el ego de un abogado, la charlatanería de un periodista, el amor propio de un artista y la visión del mundo propia de quien sólo quiere estar en uno que no es el suyo.
Además, sí se está en Chile, alguien que es capaz de opinar de economía, política, transportes, gastos de defensa, y ahora, incluso al fútbol (con la moda esa de las S.A., cuyo principal ejemplo es hoy Colo-Colo o la U, cuando salga a la bolsa hasta el burro "Luis Miguel" y lo que queda del estadio de mecano). Es un opinólogo que fundamenta en ecuaciones. Un tipo que puede decir “Juan se tiró un pedo –léase peo- en tu cara” sin que suene la estupidez que realmente es. De esos que opinan de cualquier cosa, pero, ¡ay hay si alguien que no sea economista hable de economía!. Un país donde un economista puede ser ministro hasta de Salud o de Defensa, pero donde un médico o abogado no será ministro de Hacienda o Presidente del Banco Central.
Aunque dé un poco de pudor a estas alturas echarle la culpa de todos los males de esta tierra a Pinochet, en especial después de muerto (pese a que sus años han sido de lo más cercano al infierno en estas tierras), los economistas de hoy son una pesada herencia de aquellos años. Para ser más justos, es el neoliberalismo con fuertes raíces hasta hoy inimaginables (como los colocolinos) El culto por la economía, o los economistas, viene de aquellos años, reforzándose en estos años de la vía chileno al desarrollo. Hoy día, algunas de estas extrañas situaciones, se han vuelto una paradoja.
Por ejemplo, el efecto esque el neoliberalismo incubado en aquellos años, y matices menos, vigente hoy en día, se parece en parte a lo que imaginaba Marx (si alguna vez lo entendí, dentro de lo poco que leí de él): la economía como eje conductor de la sociedad, sobre la política incluso. Otra la da la revista Economist (revista que a la prensa chilena, como una especie de oráculo de Delos, le encanta citar cuando critican a Bachelet), en su edición del 27 de Septiembre, “The doctor’s bill”: el gran objetivo del rescate financiera es evitar una gran depresión que termine por afectar al libre mercado –al estilo de los años 30’- (suena mejor en inglés, pero éste me basta sólo para leer con cierta decencia). Por supuesto, este artículo aún no lo veo traducido en algún diario de la plaza (aunque a lo mejor está). Quien lo diría, que el Estado, el odiado estado, finalmente los salvará de nuevo.
Pero ante la evidencia, los economistas –no todos son para no caricaturizar- reaccionan como colocolinos: no reconocen nada de la embarrada hecha, le echan la culpa a un externo (al Estado que no intervino o no reguló y por supuesto al mercado que resultó no ser tan perfecto, sigue siendo una verdad revelada) y esperan que el mismo Estado los rescate, como lo hicieron los colocolinos pidiéndole limosna a Pinochet para que les terminara el estadio. Y aunque finalmente no hubo chaucha caída desde La Moneda (en temas de plata, se manejaba el general), algo de razón tenía Nelson Pinto al celebrar un gol en el Monumental con la nariz tapada.

domingo, 5 de octubre de 2008

05'10''2008

Recordar los aniversarios es un acto que tiene mucho de hermoso, de feliz, pero al mismo tiempo con una dosis proporcional de inutilidad. Por ejemplo, mi hermana acaba de irse a la reunión donde los compañeros de colegio se reúnen después de 10 años, evento que yo tuve hace un año. Por curiosidad, uno le gusta saber como está un otro después de tanto tiempo, más allá de si está más gordo, pelado o viejo, cúanto queda de los pendejos de mierda que todos somos en el colegio. 
Es un minuto donde las chambonadas y estupideces de entonces se recuerdan incluso con gracia, donde las bromas cargadas de crueldad -propias de la niñez y la adolescencia- pasan a ser anécdotas con gracia para ser contadas y reídas junto al copete de rigor con los viejos compañeros. 
Algo de eso tiene este aniversario del NO. Por cierto, el análisis más "riguroso", la trascendencia de este proceso (más cómo hito, lo que no deja de ser importante) está para los diarios dominicales, que llegarán en un rato más.
Hoy en el court central se reunirán las viejas glorias, como nos reunimos el 4to B de la G-97 hace poco más de un año en Granadilla. Sin las piscolas nuestras, pero con recuerdos, como nosotros. Con la trascendencia y ceremoniosidad que se le da a este hito, pero sin la liviandad con que nos reímos de nosotros mismos, los de la G-97. 
La historia del general de aviación que terminó por convencer a Pinochet de reconocer el NO, de la encuesta CEP que no salió salvo por un filtración del NY Times, del comando de elecciones libres. Una suma de hechos puestos en conocimiento de a uno, como pequeñas anécdotas para disfrutar leyendo en este aniversario dominical. El único problema, es que este aniversario, cargado de viejos recuerdos, propiedad de viejos dinosaurios más vivos que nunca, es tan presente como ayer, pero recordados con la mayor frivolidad posible -disfrazada de cínica veneración-, donde la élite es igual a la reunión del 4 B, realizada en el 2007 en Granadilla.
Es cierto, la Concertación está más vieja y la derecha más ansiosa que nunca por volver a La Moneda a través de las urnas. Es curioso que se recuerden los 20 años del NO y por ende el desgaste de la Concertación (lógico), pero es curioso que se omitan los 50 años que la derecha no gana a través de una elección, que serían 63 desde que no constituyen una mayoría de votos (aunque en términos de votos, la derecha tiene más votos que en 1958)
Por eso, estos veinte años del NO huelen más a reunión de ex amigos de colegio que otra cosa, con toda la utilidad de ello (promesas de juntarse más seguido, algún curado, el recuerdo de viejas tallas, etcétera) Es triste ver que la derecha en vez de recordar que este país cambió para bien, insista sin reflexión en el famoso discurso de la alternancia (que no es más que un llanto desesperado de "me toca a mí por favor"), sin sonrojarse. Al menos, después de 10 años de salir uno se sonroja por la bestia que fue, sin usar la edad de 15 años como una excusa. 
Pero también es triste la autocomplacencia por el hito. Porque el tiempo sigue y no se vive de recuerdos, por épicos que sean, sino del diario, de lo cotidiano. Porque el Transantiago resulta más urgente que la derrota de la dictadura, porque cada vez menos gente joven vota  -la explicación de ser un trámite engorroso es de chiste- y no se hace nada por corregirlo, porque el recuerdo de una fecha de la trascendencia de la de ayer suena más a efeméride que a lo urgente y vivo que tenía hace veinte años. 
Quizá el gran éxito del NO sea su muerte, su pérdida de sentido épico, y que hoy sea visto como un recuerdo, un cumpleaños y que los protagonistas de ayer lo vean con la nostalgia de un encuentro de ex alumnos que vivieron eso. Que nosotros, que lo miremos con la melacolía del relato que nos contaron o del vago recuerdo que queda de la infancia. Que hoy las urgencias sean cosas de política pública y no de vida o muerte. Un símbolo que pese a todo, incluso a la misma Concertación este país se volvió vivible. Donde aunque incluso la derecha vuelva, este país no se va ir al carajo y los militares seguirán en los cuarteles. Donde pese a todo, los 80' se fueron y que hoy se miren -con mucha banalidad por cierto- simplemente como la idiotez pop y no como la pesadilla que realmente fueron. Porque la alegría no llegó, pero sí el miedo se fue. 

viernes, 3 de octubre de 2008

El amigo gay

Siguiendo con un torrente de optimismo que no me esperaba, creo que pasar piola por la vida es una de las cosas agradables, si se hace el balance del vaso medio lleno. Así como hay gente que le gusta que la reconozcan, existimos otros para lo que no es tan necesario (independiente que uno tenga siempre esa dosis de ego que no le viene en mal alimentarse del que dirán). Por eso, aparecer opinando en un connotado (porquería en realidad) diario de la plaza no sería tan desagradable con la excepción que alguien se dé cuenta de ello (en realidad, más que ser algo desagradable es la simple constatación que alguien más en este mundo y a solo bytes de distancia está sacando la vuelta en esos vacíos de tiempo que se producen en un viernes poco antes del horario de salida)
En vista del extraño encanto que tiene un cierto grado de anonimato, de alguna manera comencé a entender a los homosexuales o lesbianas que no quieren salir del clóset. Raro, por cierto, llegar a éstas conclusiones, pero que están dentro del rango posible en un viernes a las cuatro de la tarde. Debe realmente malo que otra persona te saque de un anonimato del que no quieres salir.
Sigamos con los homosexuales (hombres y mujeres agrupados deliberademente en este concepto). En un entorno como el nuestro, probablemente ello sea peor, en especial cuando ese motivo tiene que ver con una opción sexual.
No quisiera ahondar en argumentos que hasta alturas pueden sonar medio a lugares comunes, (aunque momentos de felicidad importantes son en sí mismos cosas calificadas de esa manera) cómo el derecho a ser feliz sin importar quien esté en tu cama, la tolerancia en un país provinciano o nuestro conservadurismo extremo en asuntos que tienen que ver con la cintura para abajo. Especialmente porque debatir si una sociedad es más o menos conservadora exclusivamente por asuntos de este tipo, es en sí mismo un conservadurismo/progresismo y más encima hipócrita.
Mas bien, quería hablar de las incoherencias cuando realmente importan, que es en la vida diaria. Como bien decía en otro lado, prefiero partir definiéndome como un tipo conservador pero básicamente porque no me gustaría verme como un progresista de la boca para afuera, aparte de no saber bien qué es eso. A modo de anestesia, desde que el Partido Conservador dejó de existir en los 60', ser conservador no te transforma automáticamente en momio, lo que no hace tan terrible esa definición.
Una de esas grandes contradicciones tiene que que ver con mi relación con lo que podría decirse, el mundo gay. Al igual que las mujeres, un día supe que tenía un amigo gay. No cualquiera, sino uno de bastante tiempo y un muy buen amigo. Lo conocí desde hace años y un buen tiempo después conocí sus temores y en la posibilidad que lo fuera, y bueno la verdad muy bien no lo pasó en un comienzo (lo que me pareció ver, por cierto). Pero de a poco, se fue descubriendo,terminé conociendo a un pololo de él, lo que no imaginé jamás, más allá de ver el amor floreciendo bajo el Parque Forestal (nuevamente los clichés de vuelta).
Seguir, como un lejano espectador este personal "proceso" (es una muy mala palabra en éste caso, como de sicólogo) fue una verdadera lección. La razón es que evidenció las inchoerencias propias. De pensar como algo positivo el matrimonio o la adopción de niños por parte de los gay's, pero al mismo tiempo matarme de la risa con chistes de homosexuales, especialmente ése que pregunta la diferencia entre un gay y un maricón.
Con el tiempo dejé de verlo. No por homofóbico, sino porque la vida te hace estar en lugares distintos. Hace unas semanas, volví a verlo. De gay pasó a ser simplemente un tipo homosexual. Especialmente porque si hay algo odioso, es la palabra gay, que suena más simplemente a un eslógan o una marcha, a un tipo que sólo puede ser pleno en el Parque Forestal o en el circuito artístico o de peluqueros. No más feliz que cualquiera, pero más pleno y claro con su vida que muchos heterosexuales como yo. Lo bueno de esta historia, es que ha terminado bien, pero porque nunca comenzó mal, y porque de los grandes aprendizajes de la vida -como cohabitar con las propias contradicciones sin sentirse demasiado mal-, muchos de ellos provienen de los amigos, en especial de tipos como el que acabo de hablar, que son los buenos amigos.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Una linda sorpresa

Una de las cosas agradables en Primavera, es cuando los días se encuentran por acabar, en el ocaso del sol. Un minuto sin calor, pero al mismo tiempo, sin frío. Cuando los colores resaltan más, sin la luminosidad de mediodía, pero aún sin la oscuridad de cuando finalmente llegue la noche. Mejor aún, cuando ese día es sábado, especialmente porque el día siguiente será domingo y no lunes. Sin la ansiedad de un viernes, pero sin lo típico de un domingo. Es una tarde, por tanto, de calma, estado que se nota aún más en Ñuñoa, que debe ser uno de los lugares más agradables para vivir en esta ciudad. Asumiendo que esta última frase parece slogan del actual alcalde (en un mes hay elecciones municipales), un tipo que, por medio de permisos de construcción concedidos a destajo, en unos años termine dejando este oasis a veinte minutos del centro para ser una colonia de edificios tipo Paz Froimovich.
Como las grandes chambonadas, con algunas trágicas excepciones, demoran en hacerse evidentes por lo general, ésta tarde calma aún no tiene el carácter urgente que adquieren las cosas cuando están por acabarse, como lo será la Ñuñoa que hoy conocemos. Existe, por tanto, una calma auténtica, que no tiene prisa, y que permite hablar de cosas agradables, como las películas, pese a que del día ya casi no quede rastro y que el frio comienza a llegar junto a la noche.
Si hay algo difícil de escribir, es de películas (en realidad escribir sobre las cosas que a uno le gustan). Debe ser terrible el trabajo de crítico de cine. Sin bien por definición el oficio de crítico ha de ser odioso, el de cine debe ver aumentado esa condición de manera exponencial. En una página, cada palabra puede ser una daga u objeto de implícita transacción, porque si hay un oficio susceptible de coimas o pequeños agasajos en ésta dirección, como entradas o libros gratis, o simplemente un hoy por ti, mañana por mí. Pero como nada es químicamente puro en esta vida (y en la otra, si existe, es probable que tampoco), mejor hablar de películas.
Por (sin) razones que no vale la pena describir, en éste último tiempo ir al cine ha sido una excepción y no la regla. Pese a todo no han faltado películas, gracias a un equipo reproductor de dvd’s lee hasta lo que uno baja de Internet de vez en cuando. De esta manera, sin butaca ni segurito previo al comienzo de la cinta (que falta de sentido tiene en la era del dvd la palabra cinta), en posición semi horizontal me espera a día una pequeña reserva de películas mantiene el ojo con cierto nivel de estímulo cinéfilo de cuando en cuando.
Hay películas para todo. Para ver una y otra vez (Terminator), como placer culpable (ídem), para encontrar el amor como algo lindo (Antes del Amanecer), para pelar (cualquiera de Hollywood doblada al español de la Madre Patria) para odiar (cualquier gran cinta doblada al mismo idioma), para hacerse pajas mentales (últimamente diría que “El Regreso” es un gran ejercicio en esa dirección) y respecto de las otras, no hace falta decir cuales pueden servir a aquellos fines. Para ver un sábado por la tarde en el cable (ejemplo: las dos últimas versiones de los Dukes de Hazzard, en especial la versión donde Daisy no es Jessica Simpson). Hay películas que para uno pasan a ser clásicas por alguna razón, y otras por alguna sinrazón.
También existen películas simples, que sin ser grandes películas, tienen ese “qué sé yo” porque se ven en el minuto y lugar correctos. Y con ello, simplemente sorprenden (lo que nunca es poco y ciertamente es deseable). Eso pasó con “El Clavel Negro”. Cuenta la historia del embajador sueco en 1973, Harald Edelstam, durante aquellos días, donde el diplomático fue una especie de Raoul Wallenberg en el Chile de los primeros días de Pincohet. Es una historia donde lo que importa no es el escenario de fondo (el Chile post golpe) sino la de un diplomático que hizo de la prudencia típica y esperable de un funcionario de ese tipo, una virtud redentora de una profesión mas bien marcada (o estigmatizada), por la prudencia y su respectiva cara fea: el cinismo. Muestra, también, parte de sus propias contradicciones más íntimas y humanas (la escena en el hospital es decidora), porque los héroes esencialmente sólo pasan a ser considerados como tales cuando dan el paso previo de ser mártires.




La película tiene la virtud de ser una película sobre 1973, y con una historia universal, aún cuando soy de la opinión en que si algo falta aún en Chile, son películas sobre esos años (que no equivale a acumular registros fílmicos). En ese paso de ser una historia "universal", por cierto, se cometen los errores previsibles, pero perdonables. Un ejemplo es la escena en que el embajador acude a La Moneda en ruinas para entrevistarse con un alto oficial del Ejército (todos sabemos que en aquellos La Moneda, tras el bombardeo de los Hawker Hunter, además de las probables ratas que encontraron su hábitat bajo los escombros, sólo debieron vivir fantasmas). Tiene historias que resultan difíciles de creer, como la de un oficial capaz de sacar y salvar de la muerte un pequeño camión con prisioneros uruguayos desde el Estadio Nacional. Aunque en esos días, historias cómo aquellas sonaban más a quimera que a realidad, sucedieron. Como la del mismo Edelstman y el olvido de su figura -para el común de los mortales como uno-, hasta esta cinta.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Matar a Facebook.

Volver a movilizarse en bicicleta no sólo sirve para ahorrar plata, molestias y hacer un poco de ejercicio. También es útil para generar ideas y mandar a descansar los molestos recuerdos (El problema es cuando uno deja de pedalear, pero ese es otro tema) De esta manera, quedaron abajo varias ideas que rondan por la cabeza. Por eso quedaron como materias pendientes el tratado explicativo de por qué soy hincha de la Católica sin redención posible (lo que da para una tesis), los cien usos útiles que puede tener una polera de Colo-Colo, la crisis financiera global o la utilidad que puede tener el dedo chico del pie.
Precisamente a partir de ésta última reflexión, la analogía con Facebook quedó a sólo un paso. Así como hace ya bastante tiempo expliqué cómo diablos mi nombre llegó a ser una cuenta, en esos mismos días comenzó a gestarse su propia eliminación. Si bien la vida en el ciberespacio no es un reality donde a falta de público uno es juez y parte en definir su presencia en aquel mundo, bien es cierto que, al igual que en la vida real, Facebook tiene su ciclo. Más largo que el del agua o el de una hormiga, más breve que el del amor, muchísimo más corto que el del desamor e infinitamente menor al geológico o de un dinosaurio.
Hay un minuto en que ya no te queda gente con la cual ser amigo, y donde agregar gente de la cual uno nunca fue muy amigo no tiene sentido (pese a que el friend finder insista en decirte lo contrario). En paralelo, probablemente mi amistad estilo facebookiana dejó de ser un bien demandable en esta bolsa de vínculos virtuales. Es el minuto en que tu existencia ciberespacial es como la que tendría una acción de la Católica en la Bolsa de Santiago: ni sube ni baja significativamente. Ves que la gente comienza a hacerse amigo de alguna radio, hogar de ancianos, universidad o colegio de origen, candidato a concejal, de alguna candidata a Miss Facebook ansiosa por tu voto o incluso de nuestro propio Berlusconi de brazos cortos.
Llega el minuto en que ya no se te ocurre subir fotos (o que te acuerdes de hacerlo), de actualizar la de uno mismo. Encuentras molesto escribir en el wall (Por ejemplo, ¿por qué diablos alguien tiene que saber que saludé a otro para el cumpleaños?), llegando a ser el viejo e-mail algo casi amigable y personalizado. Comienzas a subir canciones, o trailers de películas, resulta más útil poner un ciudadano en tu ciudad virtual o resolver algún issue en una nación igual de imaginaria. Ya no mandas cadenas resolviendo quizzes y dejas que los que te envían se vayan a una dimensión desconocida a tan sólo un click de distancia. Es cuando Facebook pasa a ser como el asistente del Word u hojear Las Últimas Noticias.
Cuando eso ocurre, el harakiri facebookiano deja de ser una posibilidad y pasa a ser una opción. Primero por flojera, le consulté a una amiga P. que es la única persona que ha tomado una medida de esta trascendencia (sin contar a los que nunca abrieron una cuenta), por el procedimiento. Cómo no recibí respuesta, probablemente por la insólita pregunta o porque uno suele tener en la jornada asuntos más útiles y urgentes que atender, me vi en la obligación de buscar por mí mismo. En estricto rigor, tan difícil no fue de encontrar ni el camino ni el método.
Una vez que el qué ya está definido y el cómo aclarado, falta resolver el cuando. Es en este paso donde comienzan las dudas. Por los amigos de infancia que aparecieron (no importa si efectivamente son tus amigos), porque sabes dónde ubicar a quienes no quieres ubicar (siempre es bueno saber que existen luces amarillas), por si llega alguna copucha o junta de amigos, porque da lata pedir e-mails o teléfonos de quienes no es tan desagradable saber su existencia pero que no da para contactarlos de otra forma ni encontrarlos en la vida real (salvo por azar). Porque así como otros a uno le sirven para lo que acabo de decir, para esos otros uno puede representar lo mismo. Por flojera, y porque Facebook es como el dedo chico del pie. No se ve útil, no molesta, pero si dejara de existir uno sabría que para algo podría haber servido.

sábado, 20 de septiembre de 2008

El último choripán

Casi como profecía autocumplida, en días dieciochoeros, la guata en algún minuto dice no. A diferencia de años anteriores, el estómago se transforma en una especie de veterano de guerra, donde se cura de espanto y ya resiste un poco la tentación de asados, empanadas, tragos varios, etcétera, y como buen veterano, suele hacer caso omiso de los deseos de su superior directo, el cerebro. Se rebela y pareciera que adquiere vida propia y se transforma en un odioso pepe grillo, mudo pero eficaz. Una especie de endemoniado al que hay que referirse en tercera persona, un sublevado respecto de su dueño. En esta especie de duelo entre uno y su organismo resulta bastante odioso porque su resultado está escrito de antemano, al igual que la propia derrota.

No es necesario ir al doctor (¿si algo no duele para qué?), ni tampoco es que la propaganda de días previos de evitar celebrar como se debe y que cosas como esas hubiesen surtido el diabólico efecto de alguna mente insana del Ministerio de Salud llamando a la famosa vida sana. Simplemente es el reloj de uno que avanza. Pero no sólo de sublevados organismos que nos doblan la mano se vive en los dieciochos, en especial porque un malnacido como éste viene de la mano de aquel hijo de puta llamado recuerdos, que se aparece sin que nadie lo invitara. 

Este desgraciado se vale de la cronología para recordarte de lo pendiente, de lo que cumple aniversarios, entre otras estupideces. Si a este convidado de piedra se le añade la tecnología, la combinación es un tanto molesta. Esta noche tengo reunión de diez años de haber entrado a la universidad, mi primera carrera y mi primer año en aquel mundillo (me pillaron por Facebook). Nada malo, guardo a veces mejores recuerdos de lo que vino después, un par de buenos amigos de aquellos años, pero algo pasa, entre resfrío y lata. Hay anécdotas -cosas que viviste y no-, buena gente, pero como que algo está pasando. Vientos de septiembre.

Pero más que el encuentro con mis viejos compañeros del Geo, la piedra en el zapato es otro que viene después, de la estupidez que estudié después, pues a algunos ingeniosos a los que se les courrió hacer una reunión de reencuentro en un mes más (y mandarme el susodicho mail de invitación). Como que algo pasa que uno debiera pertenecer a algo más que tu familia o tus amigos, que no bastara solo tu equipo de fútbol, o un par de cosas más. Ahora resulta que no basta sólo pertenecer a un colegio, sino que también a la Universidad, incluso eres parte de un numerito que sería tu especie de generación, el año en que entraste. 

¿Cómo tan odioso? No lo sé. Las reuniones de ex alumnos son una soberanas lata donde van todos los que quieres ver, pero también los que no. Un asado de compromiso, ver a tipos que con suerte respetas porque hay que respetarlos, por una carrera a la que desearías más tirarle una bomba atómica que a la que regresar. No demoré en nada en mandar un mail y dar una excusa oficial de mi inasistencia, que por cierto no es esta. Por cierto que hay mucha gente por la que siento mucho cariño y que pertenece a aquellos odiosos años, porque siempre en lo cotidiano, hay cosas buenas. Sensaciones que no corresponden a las del encuentro de hoy, sino mas bien a un choripan de más. 

Además del malestar de tanto patache, ocurre que este fin de semana termina en un 21 de Septiembre. Así como las fechas sólo sirven como referencias, se supone que empieza la primavera. Época de alergias, resfríos que algún patán se le ocurrió decir que es la del amor (sospecho que fue algún ingenioso de algún laboratorio farmaceútico para hacer menos doloroso pagar por antialérgicos), en la que los días de creciente calor te van dejando a diario más cerca de un día 14 mientras te recuerda al mismo tiempo de tu soltería. Más que el frío invierno, la falta de un cuerpo amado al lado, como la sobrevivencia a este estado tiene su pasar agosto en esta época del año. Por la calle comienzan a aparecer los vestidos, los gimnasios y la vida sana se vuelven de moda, es la época pre-trajes de baños pero sin el calor sofocante que ocurre a partir de  Noviembre. Uno debiera poner de título "maldita primavera" pero poner una canción de Javiera Parra como encabezado mata de antemano.

El panorama se ve demasiado rudo, para en esta última jornada dieciochera tirar la esponja de acá a unas horas más (aunque el desgraciado del cuerpo diga no). Veremos si a punta de aguas, infusiones y un par de cafés, es posible velar armas para la última jornada patria.  

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El viejo y poco esuchado sentido común

Al final del día, así como no hay mejor lugar que casa, no existe un mejor compañero que el sentido común. Los números, las palabras, los argumentos usando ambos elementos, e incluso la coherencia de lo que uno diga no son nada más que herramientas. Nada más. El sentido común, si uno lo sigue bien, termina siendo mejor que cualquier metodología, paper de un Phd o tarotista que te lea la vida a partir de un naipe o borra del café (elemento que sirve más como abono de plantas que lectura del futuro).

Otra cosa es que uno siga este elemental mandamiento, omitido inexplicablemente en los 10 mandamientos, reclamo que Moisés olvidó hacerle a Dios, cuando recibió de éste las tablas de la ley sobre el monte Sinaí. Si él, que liberó a los judíos de Egipto, cayó, cómo uno no lo va a hacer algo más que de vez en cuando. En el caso de los mortales comunes y corrientes, cuando se acumulan pequeñas dosis de poder -y se comienza a perder el sentido de las cosas-, la ausencia de un Dios al cual confesarse y tenerle algo de respeto -el primer paso para tomarse en serio y creerse más de lo que uno es-, hay que andar con mucho cuidado porque uno comienza a jugar con cosas que no tienen repuesto, como diría Serrat (es la misma canción de la que hablé hace unos posteos, por si acaso).

No es que la víspera de un 18 -un equivalente microscópico de un Agosto español- me haya endieciochado antes de tiempo o que una mañana predieciochera me haga creerme profeta, encender el ventilador de las tonteras y dispararlas a la bandada (o a lo mejor sí). La cosa es que algo pasa que tipos de cierta inteligencia cuando tienen algo de poder se vuelven como periodistas futboleros antes de un partido de Chile. Algo pasa con algunos diputados de pasado mejor. Uno puede entender que, en función de intereses específicos de sus votantes, propongan proyectos de ley que de antemano son un saludo a la bandera o que ocupen la hora de incidentes para ello. (A modo de defensa de los honorables, ésta es una hora en que casi ningún honorable suele estar presente por estar negociando cosas más útiles en la cafetería, momento en que al mismo tiempo, es una sala semivacía con solitarios diputados hablando más de lo humano que lo divino y que suele estar enfocada y mostrada por T.V). Pero otra cosa es ponerse a legislar, perdón por la expresión, huevadas.

La última perla de este cofre de tonteras la proporcionó un parcito que se ha vuelto de antología en estas materias, como son el ex PPD Álvaro Escobar (¿se puede ser ex de algo que es igual a nada?) y el PS-díscolo, Marcos Enríquez: un proyecto que busca obligar a que los artistas extranjeros estén obligados a tener un telonero chileno. De lujo. Bajo esta lógica Franz Ferdinand jamás habría tocado en Chile (uno de los pocos grupos interesantes en ese monumento al mal gusto llamado Festival de Viña) o R.E.M., del que ya tengo la entrada, jamás tocaría en Chile. Incluso a la tontera de Madonna, que estos mismos ilustres fueron hasta a La Moneda -con cámaras de T.V. por supuesto- para que la señora cantara en el Nacional. Con semejante requisito y brillante idea, se haría más difícil aún hacer conciertos, lo que los sería aún más caros por lo difícil de hacer. Aunque duela, acá hay mercado libre para rato, y este medida es un subsidio ridículo, como el de los extranjeros en el fútbol (basta ver a los ingleses, que desde que llegaron extranjeros aprendieron que el fútbol se juega mejor a ras de piso)

Respecto de los autores, respecto a Álvaro Escobar no hay tanto drama. En su caso, la culpa no es del chancho, sino de quien le dio de comer: el PPD. El actor no es más que el síntoma de una política sistemática seguida por un partido que por poner a cualquiera que puede ganar un escaño, lo hace sin pensarlo dos veces. Pero algo raro pasa con Marco Enríquez guión Ominami. Antes de llegar a ser diputado apadrinado por su padre político (en un cupo del partido de su padre y en un distrito perteneciente a la circunscripción de su padre), era un agudo observador de nuestro chilito. Con (o sin) razón, era agradable saber de sus ideas, como cuando hizo un documental "Los héroes están fatigados" (fuera de las cosas técnicas, cuando encara a Oscar Guillermo Garretón es un momento notable, lo que no sé si aparece en el video que está abajo).



Pero algo pasó que se puso no sólo a hablar tonteras (costo inevitable de quien habla o escribe) sino que a hacerlas, como un proyecto destinado a tener periodistas más cultivados. El listado completo se puede ver en las mociones que se presentan en el Congreso.Tres posibles hipótesis de causales de ello: a lo mejor ello ocurrió cuando se puso el poncho de díscolo, cuyos integrantes no suelen decir cosas muy inteligentes, quizá por sentirse acorralados por la directiva del PS. Quizá porque el trabajo de diputados es agotador, tanto física como neuronalmente; el efecto de trabajar en horarios que no sé si muchos aguantarían y por tanta huevada que deben de escuchar en sus visitas distritales (y de sus mismo compañeros de hemiciclo, afectados por las mismas condiciones), a la que por educación y deferencia a posibles votantes de su reacción deben escuchar sin chistar); tener como esposa a una periodista de T.V.
La respuesta a ellas, las invalida de inmediato como hipótesis:a) La idiotez no es patrimonio de los díscolos. Fulvio Rossi, que no lo es, tiene frases para el oro, como cuando comparó a familiares de detenidos desaparecidos con narcotraficantes en el 2003, todo porque se juntaron con gente de la UDI. Tampoco es exclusividad de los socialistas. b) Si, pero tener mucho trabajo no atenua la tontera. c) La idiotez no es patrimonio de los periodistas de T.V., menos de los periodistas. Difícil de creer, pero por cierto, la mujer que uno tenga al lado no lo hace a uno más inteligente o idiota, sólo feliz o infeliz.Como me quedé sin hipótesis, estoy sin respuestas. Sólo la duda y la verguënza ajena de ver tonteras a diario. Moraleja: queda la luz amarilla del sentido común y lo fácil que en algún minuto puede ser llegar a perderlo.